T.P. DOMINGO V (HOMILIA) FRANCESC JORDANA


Queridos hermanos y hermanas,

“Todo lo hago nuevo”. ¡¡Qué frase!! Una frase que pronuncia Dios en la segunda lectura. “Todo lo hago nuevo”.

La palabra “nuevo” es como una palabra mágica, siempre evoca significados positivos. “Ropa nueva”, “coche nuevo”, “año nuevo”, “vida nueva”, “trabajo nuevo”... ¿Por qué nos gusta tanto aquello que es nuevo? El motivo profundo, es que la novedad, aquello que no es aún conocido y no ha sido experimentado, deja espacio a la expectativa, a la sorpresa, a la esperanza, a soñar. Y la felicidad es hija de todas estas cosas...

Y nosotros, con sorpresa, con esperanza, soñando, hemos de entrar en el camino de la novedad que Dios nos ofrece. Una novedad total “todo lo hago nuevo”, no es una novedad parcial (un trabajo, un coche,...). Es una novedad total... Me da miedo, a veces, que no entendamos la magnitud de lo que se nos propone... “novedad total”.

Esta novedad nos es iluminada por el evangelio. Donde Jesús nos dice: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros”.

¿Qué hace que todo sea nuevo? El amor... El amor lo hace todo nuevo... pero, el amor no existe... Es verdad, el amor no existe, existen personas que se aman... Las personas que se aman lo hacen todo nuevo, cuando las personas se aman todo llega a ser nuevo... Ellas se convierten en nuevas personas y sus ambientes se transforman en nuevos... El amor es una fuerza que lo hace todo nuevo...

Miremos de amar más en casa... hijos a los padres, padres a los hijos, todos a amar más a los abuelos,... ¡¡ya veréis cómo todo se convierte en nuevo!!

Dios nos ofrece cada día entrar en el camino de esta novedad total... que es para nosotros un signo distintivo, aquello que nos identifica... ¿Por qué aspecto nos han de reconocer como a cristianos, como a seguidores de Cristo?... no por ir a misa, sino porqué amamos “la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”.

El amor es nuestra bandera, nuestro estandarte. Es  nuestra moneda de cambio. Es la reacción y la opción siempre primera.

San Agustín dice con mucha rotundidad: “Es la caridad la que distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo. Podrán todos signarse con el signo de la cruz de Cristo, responder todos ´Amén´, cantar todos ´aleluya´, hacerse bautizar, entrar en las iglesias, edificar basílicas: los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo más que por la caridad. Si te falta esto, todo el resto no te sirve para nada."

La caridad, signo distintivo. Las obras de misericordia, signo distintivo. Amar a los enemigos, signo distintivo. Devolver bien por mal, signo distintivo. Atender al que está en el borde del camino, signo distintivo. No hacer acepción de personas, signo distintivo. Amar como él, dando la vida, signo distintivo.

¡¡Es que es muy difícil esto!! Por nosotros solos, ¡¡imposible!! Pero, con Dios en nosotros, posible. Vayamos a la primera lectura que nos ilumina esta cuestión.

“Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe”. (Hechos 14, 26).

El autor principal de la acción es Dios (“Dios había hecho”, “Dios había abierto”) y Pablo y Bernabé son colaboradores de este obrar de Dios. La fe de Pablo y Bernabé crea un espacio donde Dios puede actuar. Lo vemos constantemente en el evangelio: Jesús para actuar pide la fe, y cuando no hay fe no puede actuar.

Nuestra fe ha de crear un espacio donde Dios pueda inundarnos con su amor...

Ante cada pequeña interpelación, reclamación de amor, que la vida nos haga, respondamos con una jaculatoria: “dame caridad para amar y decir sí”. Amén...

Francesc Jordana




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